Cuando vengo sola a Montevideo, me gusta leer ciencia ficción de la buena, o sea, de la mala (años 40, 50, 60 y hasta principios de los 70 y no más) y luego, escribirle a Marga un resumen de mi lectura.
Ahí le cuento lo que más me llamó la atención de la historia, lo que me pareció ridículo, lo que a mi entender estuvo de más, lo que le falta. En fin, le cuento la historia, a mi manera, con mi sello personal.
El siguiente resumen corresponde al último relato corto que leí - "La Memoria" de Theodore Sturgeon © 1948 - de un compilado de nombre: Los Mejores Relatos de Anticipación.
Jeremías Jedd tiene un hermano: Hal Jedd y con él creó originalmente Jedd & Jedd, una empresa de transporte de materiales desde la Tierra hacia Marte.
Hal es meticuloso, matemáticamente preciso, es el hombre de los números; Jeremías, el hombre de las ideas brillantes. O sea, uno es aburrido hasta los huesos y el otro demasiado aventurero para marido. No sé si me explico.
Como sea y para ir acelerándote la trama, los dos cometieron el mismo error. Se enamoraron de la misma mujer, de Phyllis. No, no es la misma Phyllis. No es la Phyllis combativa de “Kraken Acecha”.
Es otra. Ésta es una suerte de Mata Hari de largos cabellos verdes y mirada penetrante (y verde), todo es verde, bueno, no, la piel no dice que sea verde, pero los ojos y el cabello sí. ¿Se supone que es más sexy ser verde? Me recuerda a la película El Quinto Elemento…, por aquello de Green, Green !!! No importa, dejalo ahí.
Bueno, te decía, ésta Phyllis, es lo que podría llamarse un yiro ejecutivo del siglo 25. Usa a los hombres apelando a su belleza y después los descarta sin ninguna culpa.
Y vaya que ha sabido joder a los hermanitos Jedd, en especial a nuestro “héroe”, a Jeremías.
Pero volvamos justamente a los hermanos Jedd. Como decía, de los dos, Jeremías es el hombre de las ideas y Hal el meticuloso contador, por así decirlo, de la empresa. Pero por más que le reviente a Jeremías aceptarlo, fue justamente Hal, quien tuvo la idea que podía convertirlos en millonarios. Tuvo…, la visión. Hal. Justamente Hal. Hay que ser infeliz. Ser toda la vida el que pone la cabeza para sacar algo adelante mientras el otro se sienta como un papafrita frente a la calculadora y de repente viene el tipo y te plantea “hagamos esto” y vos, con todo el dolor de tu alma (y con el orgullo hecho pelota), tenés que admitir que es una idea brillante.
Menos mal que son dos hermanos y que son hombres. Porque de haber sido mujeres, no hacían nada, de haber sido un matrimonio, se peleaban a muerte, y de haber sido lesbianas, se separaban y ahí salía, cada una para su casa materna, con el cactus y el gato abajo del brazo. Y chau, porque no existen roles en la cama, pero la mujer de las ideas en la pareja, es la mujer de las ideas y punto. Con eso no se jode.
Pero los hombres son como más tranquilos. Se dejan joder con más facilidad. Y por eso también Phyllis los jodió a los dos.
Pero a lo que íbamos, Hal está en Marte, desarrollando su genial idea y llevando los números también y Jeremías hace el boludo en la Tierra. Así las cosas, recibe una carta de Hal diciéndole que si quieren la exclusividad para el transporte de tuberías desde la Tierra hacia Marte, van a tener que apurarse. Por carta – único medio de comunicación a distancia que el autor entendía que podía existir – Hal no quería ser más específico porque Genex, la compañía mala y corrupta que quiere todo para ella, (ellos también quieren todo para ellos pero ellos son buenos, ok?), monitorea el flujo de correspondencia. Como sea, le explica que tiene 3 semanas para descubrir “el secreto” que les dará la exclusividad del transporte, pero 10 días antes debe estar lista la patente. O sea que a las 3 semanas, que son 21 días, le restamos 10 y sólo le quedan a nuestro pobre Jeremías, 11 días para descubrir el secreto.
Para sorpresa de nuestro atribulado héroe, Hal le menciona a Phyllis y lo insta a que vaya a buscarla al puerto espacial – cómo me gusta el “puerto espacial” – y tenga una conversación con ella. Y le deja entrever con una frase clave que Jeremías comprenderá mucho después “ella tiene lo que necesitas”.
Y ahí está nuestro hombre. El hombre de las ideas, parado como un tarado en el puerto espacial esperando que Phyllis desembarque por la puerta 3. Y lo hace. Ella y toda su belleza, y toda su sensualidad y sus verdes cabellos al viento. Al viento de qué no se sabe, porque se supone que ya está dentro de la Terminal.
Cuando ella lo ve, corre a darle un abrazo dejándole caer un “Jeremías, querido…” pero él detiene todo intento de familiaridad y le ordena: no me llames “querido”. Eso es un macho, ¿ves?, poniendo en su lugar a la hembra alfa. Ja! No sabés cuánto le afectó a Phyllis…, ella no es mujer para que un hombre le diga algo así y se lo hace saber, con un delicado “Oh, nadie pensará de mí más de lo que piensa ya” pero a nuestro boy (oh, boy) no le convenció y le aclaró con sequedad, que a él sí le preocupaba lo que fueran a pensar de él. Medio afrancesado nos salió el chico en sus modales, pero bueno, no se puede todo. Hay que recordar también que está pasando por un momento que no se lo deseo a nadie.
Como sea, es acá cuando el relato se vuelve medio rarito, y te voy a decir por qué. Porque por más esfuerzo que hizo Theodore por escribir ciencia ficción, le salió un Corin Tellado futurista como mucho; con corazones destrozados y sentimientos de traición por doquier. Sólo falta un cachetazo de Arnaldo André y cerramos para una novela de las tres de la tarde.
En fin…
Publicado simultáneamente en Hay Mujeres & Capitán en el Puente
Ahí le cuento lo que más me llamó la atención de la historia, lo que me pareció ridículo, lo que a mi entender estuvo de más, lo que le falta. En fin, le cuento la historia, a mi manera, con mi sello personal.
El siguiente resumen corresponde al último relato corto que leí - "La Memoria" de Theodore Sturgeon © 1948 - de un compilado de nombre: Los Mejores Relatos de Anticipación.
Jeremías Jedd tiene un hermano: Hal Jedd y con él creó originalmente Jedd & Jedd, una empresa de transporte de materiales desde la Tierra hacia Marte.
Hal es meticuloso, matemáticamente preciso, es el hombre de los números; Jeremías, el hombre de las ideas brillantes. O sea, uno es aburrido hasta los huesos y el otro demasiado aventurero para marido. No sé si me explico.
Como sea y para ir acelerándote la trama, los dos cometieron el mismo error. Se enamoraron de la misma mujer, de Phyllis. No, no es la misma Phyllis. No es la Phyllis combativa de “Kraken Acecha”.
Es otra. Ésta es una suerte de Mata Hari de largos cabellos verdes y mirada penetrante (y verde), todo es verde, bueno, no, la piel no dice que sea verde, pero los ojos y el cabello sí. ¿Se supone que es más sexy ser verde? Me recuerda a la película El Quinto Elemento…, por aquello de Green, Green !!! No importa, dejalo ahí.
Bueno, te decía, ésta Phyllis, es lo que podría llamarse un yiro ejecutivo del siglo 25. Usa a los hombres apelando a su belleza y después los descarta sin ninguna culpa.
Y vaya que ha sabido joder a los hermanitos Jedd, en especial a nuestro “héroe”, a Jeremías.
Pero volvamos justamente a los hermanos Jedd. Como decía, de los dos, Jeremías es el hombre de las ideas y Hal el meticuloso contador, por así decirlo, de la empresa. Pero por más que le reviente a Jeremías aceptarlo, fue justamente Hal, quien tuvo la idea que podía convertirlos en millonarios. Tuvo…, la visión. Hal. Justamente Hal. Hay que ser infeliz. Ser toda la vida el que pone la cabeza para sacar algo adelante mientras el otro se sienta como un papafrita frente a la calculadora y de repente viene el tipo y te plantea “hagamos esto” y vos, con todo el dolor de tu alma (y con el orgullo hecho pelota), tenés que admitir que es una idea brillante.
Menos mal que son dos hermanos y que son hombres. Porque de haber sido mujeres, no hacían nada, de haber sido un matrimonio, se peleaban a muerte, y de haber sido lesbianas, se separaban y ahí salía, cada una para su casa materna, con el cactus y el gato abajo del brazo. Y chau, porque no existen roles en la cama, pero la mujer de las ideas en la pareja, es la mujer de las ideas y punto. Con eso no se jode.
Pero los hombres son como más tranquilos. Se dejan joder con más facilidad. Y por eso también Phyllis los jodió a los dos.
Pero a lo que íbamos, Hal está en Marte, desarrollando su genial idea y llevando los números también y Jeremías hace el boludo en la Tierra. Así las cosas, recibe una carta de Hal diciéndole que si quieren la exclusividad para el transporte de tuberías desde la Tierra hacia Marte, van a tener que apurarse. Por carta – único medio de comunicación a distancia que el autor entendía que podía existir – Hal no quería ser más específico porque Genex, la compañía mala y corrupta que quiere todo para ella, (ellos también quieren todo para ellos pero ellos son buenos, ok?), monitorea el flujo de correspondencia. Como sea, le explica que tiene 3 semanas para descubrir “el secreto” que les dará la exclusividad del transporte, pero 10 días antes debe estar lista la patente. O sea que a las 3 semanas, que son 21 días, le restamos 10 y sólo le quedan a nuestro pobre Jeremías, 11 días para descubrir el secreto.
Para sorpresa de nuestro atribulado héroe, Hal le menciona a Phyllis y lo insta a que vaya a buscarla al puerto espacial – cómo me gusta el “puerto espacial” – y tenga una conversación con ella. Y le deja entrever con una frase clave que Jeremías comprenderá mucho después “ella tiene lo que necesitas”.
Y ahí está nuestro hombre. El hombre de las ideas, parado como un tarado en el puerto espacial esperando que Phyllis desembarque por la puerta 3. Y lo hace. Ella y toda su belleza, y toda su sensualidad y sus verdes cabellos al viento. Al viento de qué no se sabe, porque se supone que ya está dentro de la Terminal.
Cuando ella lo ve, corre a darle un abrazo dejándole caer un “Jeremías, querido…” pero él detiene todo intento de familiaridad y le ordena: no me llames “querido”. Eso es un macho, ¿ves?, poniendo en su lugar a la hembra alfa. Ja! No sabés cuánto le afectó a Phyllis…, ella no es mujer para que un hombre le diga algo así y se lo hace saber, con un delicado “Oh, nadie pensará de mí más de lo que piensa ya” pero a nuestro boy (oh, boy) no le convenció y le aclaró con sequedad, que a él sí le preocupaba lo que fueran a pensar de él. Medio afrancesado nos salió el chico en sus modales, pero bueno, no se puede todo. Hay que recordar también que está pasando por un momento que no se lo deseo a nadie.
Como sea, es acá cuando el relato se vuelve medio rarito, y te voy a decir por qué. Porque por más esfuerzo que hizo Theodore por escribir ciencia ficción, le salió un Corin Tellado futurista como mucho; con corazones destrozados y sentimientos de traición por doquier. Sólo falta un cachetazo de Arnaldo André y cerramos para una novela de las tres de la tarde.
En fin…
Publicado simultáneamente en Hay Mujeres & Capitán en el Puente




2 | comentarios:
lo leí cien veces y cien veces me maté de la risa... como con todas estas historias desopilantes que me mandás, por mail y desde un poco más cerca que Marte :)
apruebo la diferenciación que hiciste entre mujeres y lesbianas, como ya lo decretó la célebre frase de la Wittig... lo que no puedo aprobar es eso de 'la mujer de las ideas', yo sé que no pensás eso, de hecho me lo dijiste, pero parece que dijera eso no es así, o sí? :(
nadie entendió nada, es una lástima...
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